Piscinas de dos generaciones y una cubierta hecha a medida
Griñón no creció como Arroyomolinos, de golpe y con plan urbanístico. Creció despacio, como pueblo de segunda residencia del sur de Madrid, y eso le dejó un parque de vivienda con parcela que hoy se traduce en 1.520 piscinas para menos de once mil habitantes.
Para una cubierta de piscina, ese origen tiene una consecuencia práctica: hay dos generaciones de vasos conviviendo.
Los antiguos son piscinas de obra, muchas veces sin medidas estándar, con escalera romana, esquinas redondeadas o coronación irregular. Ahí la cubierta se resuelve casi siempre, porque cada una se fabrica a la medida exacta del vaso, pero hay que verlo antes: lo que condiciona es que los dos bordes largos sean paralelos entre sí y que la piedra de coronación pueda recibir el apoyo de la lama.
Los recientes son vasos rectangulares de medidas normales, y son los montajes más rápidos: con enrollador visible apoyado sobre la coronación en un extremo, la instalación se resuelve normalmente en una jornada y no obliga a picar nada.
La otra decisión es la lama. La de PVC es opaca y robusta, la de siempre. La de policarbonato solar es translúcida: deja pasar la radiación mientras está cerrada y ayuda a subir la temperatura del agua, lo que a 671 metros de altitud y con noches frescas en mayo y septiembre se agradece.
Y lo que no cambia nunca: estructura y herrajes de acero inoxidable AISI 316L, nunca aluminio, con más de quince años de vida útil; lama pensada para entre diez y quince años; accionamiento motorizado a 230 V, porque no existe versión manual; y fabricación conforme a la norma de seguridad NF P90-308, la referencia europea para cubiertas de piscina de uso familiar. «Conforme a», porque no hay un certificado que se entregue con cada instalación.




