Sal, sol subtropical y el polvo de la vega: lo que Salobreña le exige a una cubierta
El clima de Salobreña es mediterráneo semiárido con un régimen térmico claramente subtropical. El propio Ayuntamiento lo cifra así: media anual por encima de los 17 °C, inviernos en torno a los 12 °C, unos 24 °C en los meses más cálidos y una pluviometría de alrededor de 500 milímetros al año. Ese es el clima que permitió que la vega del Guadalfeo fuese el último lugar de la Europa continental donde se cultivó caña de azúcar para uso industrial, hasta que en 2006 cerró la azucarera Nuestra Señora del Rosario, en La Caleta, con la última zafra. Hoy la vega da chirimoya, mango y aguacate, y a las piscinas les llega lo mismo que a los frutales: mucho sol y poca lluvia.
Lo primero que hay que resolver es la sal. En La Caleta-La Guardia, en la franja de la playa y en las laderas de Costa Aguilera y El Pargo el mar está a unos cientos de metros, y la brisa deja una bruma salina sobre todo lo que hay en el jardín. Esa sal no perdona la tornillería corriente. Por eso toda nuestra estructura, el eje, los soportes y los herrajes son de acero inoxidable AISI 316L, el grado con molibdeno que se usa en ambiente marino, sin excepciones ni versiones rebajadas según la zona. El mantenimiento que le pedimos al propietario es tan simple como enjuagar el conjunto con agua dulce de vez en cuando.
Lo segundo es el sol. Con más de 320 días de sol al año y buena parte de las terrazas de la ladera mirando al sur, la radiación cae de lleno sobre la cubierta sin nada que dé sombra entre la lama y el cielo. Una lama mal elegida se decolora y se vuelve quebradiza en pocos veranos: la de PVC que montamos lleva perfil coextruido y tratamiento frente a los rayos ultravioleta, y antes de recomendar acabado y color miramos la orientación real del vaso.
Y lo tercero es lo que trae el aire. En un municipio de 500 milímetros de lluvia al año, la evaporación es un gasto de verdad: una piscina descubierta pierde agua todos los días de verano y, con ella, el producto químico que lleva dentro. A eso se suma el polvo fino de la vega y la hoja de los cultivos subtropicales, que acaban en el fondo cada vez que sopla. Con la cubierta cerrada la evaporación cae entre un 70 % y un 80 %, el consumo de producto químico baja alrededor de un 35 % y la suciedad se queda arriba, en las lamas, en lugar de irse al fondo. Puede ver el cálculo completo en cuánta agua pierde una piscina.
Conviene saber cómo funciona, porque hay confusión con otros sistemas. Nuestras lamas flotan sobre el agua: no apoyan en el fondo y nunca van sobre carriles ni guías laterales. Lo que apoya en la piedra de coronación son las patas, los soportes con su eje y, si lo lleva, el cajón. Todas las cubiertas son motorizadas —no existe versión de manivela— y de serie se accionan junto a la piscina con selector de llave y en hombre presente: la lama se mueve solo mientras se mantiene pulsado y con la piscina a la vista, que es la única forma segura de operarla. No llevan alarma ni sensores de obstáculo: accionarlas con algo encima o tirar de las lamas a mano no dispara ningún aviso, lo que hace es dañar el mecanismo. Y no fabricamos cubiertas transitables, telescópicas, cerramientos, cúpulas, lonas de invernaje ni mantas térmicas de burbujas: solo cubiertas automáticas de lamas, y desde 2005. Las secciones, los pesos y el comportamiento de cada perfil están en nuestra página de tipos de lama, y los sistemas de enrollado en modelos de cubierta.